06.08.2026
Una hora de japa encima de la caminadora
A las seis me levanto. Agua, ocho respiraciones, ducha.
A las seis y media me subo a la caminadora con las cuentas y ahí me quedo una hora, andando despacio y cantando.
Esto escandaliza a dos tipos de gente a la vez.
A los devotos les parece poco reverente mezclar la meditación con el ejercicio. A los del gimnasio les parece una hora perdida a ritmo de paseo.
Mi razón es sencilla y la aprendí a base de fallar: tenía dos cosas que hacer todos los días sin excepción, y una de las dos siempre se caía. Nunca la misma. Y llevo cuarenta y cinco años sabiendo que lo que se hace algunos días no se hace.
Juntándolas, ninguna depende de que tenga tiempo o ganas. Se hacen las dos o no se hace ninguna, y no hacer ninguna se nota demasiado.
A las siete y media me siento con el fichero. A las ocho y media desayuno.
De monje aprendí que el horario no es un accesorio de la vida espiritual: es la vida espiritual. Lo demás son ganas, y las ganas van y vienen.
Esto no es un consejo para ti. Tu vida es otra. Es la descripción de lo único que ha conseguido que un hombre de sesenta y cinco años con el riñón hecho polvo siga produciendo todos los días.