07.09.2026
Los años de templo
Conocí a los Hare Krishna con trece o catorce años y estuve practicando en casa como pude. A los diecinueve me fui a vivir a un templo.
No lo viví como un sacrificio. Era una llamada, y era lo que me llenaba. En un templo, entonces, podías olvidarte de todo lo demás y ponerte a practicar. Programa espiritual estricto por la mañana, servicio devocional el resto del día, y más programas durante la tarde y la noche.
Estuve ocho años de monje célibe. Casi todos viajando por España: predicando, distribuyendo libros, hablando con la gente. Cada mes en una provincia distinta.
No tenía cuenta corriente. No tenía planes propios. Lo que sacábamos vendiendo libros lo entregábamos entero, y se compraba lo básico y nada más. Ya te conté que me fui de casa con un cepillo de dientes. Durante ocho años ese siguió siendo, más o menos, mi inventario.
Y aquí viene lo que no se entiende desde fuera: éramos muy felices. Con todas esas austeridades encima, sentíamos que volábamos. Que no tocábamos el suelo.
El texto lo dice así:
Pero a quienes Me adoran con devoción, meditando en Mi forma trascendental, Yo les llevo lo que les falta y les preservo lo que tienen.
Bhagavad-gītā 9.22. Edición de 1972.
Aquello no era una frase bonita que repetíamos. Era lo que nos estaba pasando. Trabajar muchísimo, no poseer nada y estar completamente satisfecho. Eso me marcó la vida, y la de mucha gente de mi edad allí.
Uno se levantaba haciendo servicio, se acostaba haciendo servicio y dormía pensando en el servicio. Esa supuesta falta de libertad, esa ausencia de planes personales, era justo lo que nos tenía contentos.
Y era lo que atraía. La gente veía una renuncia dichosa y quería acercarse. De ahí salían devotos nuevos, que a su vez practicaban lo mismo.
Ahora compara. Los renunciantes de hoy, y sobre todo los dirigentes, viven con lujo. Vuelan en primera. Se compran los mejores ordenadores. Tienen propiedades y tienen cuentas bancarias. Viajan sin parar y sin un motivo real detrás. Nosotros viajábamos porque el mes siguiente tocaba otra provincia.
Sannyasis y brahmacharis, igual. Es un insulto a la orden de renuncia, y una vergüenza.
Por eso ya no se hacen devotos nuevos. No es un problema de método ni de estrategia. Es que no hay nada que atraiga. Van vestidos de renunciantes, tienen el título, tienen discípulos, y no tienen sustancia espiritual que transmitir.
Nosotros no éramos devotos puros. Pero actuábamos como si lo fuéramos. Y resulta que con eso bastaba: la gente se acercaba, y quería renunciar también, porque quería parecerse a nosotros.