26.08.2026
Expediente 6. Lobsang Rampa
Mi primer contacto con todo esto fue un libro: El Tercer Ojo, de Lobsang Rampa.
Cuenta su vida desde que entró de niño en un monasterio tibetano. Estudiaban percepción extrasensorial, y había una ceremonia para físicamente abrir el tercer ojo, que se supone que es la glándula pineal, entre las cejas y un poco más arriba. Al despertarlo empezó a ver el aura de la gente. Un aro de energía que no se ve a simple vista, y que también tienen los animales y las plantas. Cuando un monje se enfadaba, la veía roja. Y si una zona del cuerpo salía oscurecida, ahí había una enfermedad.
Lo leí con doce años y me abrió la cabeza. Como a mucha gente: se vendieron medio millón de ejemplares en dos años.
Y era mentira.
En 1958, Heinrich Harrer —el que sí había vivido en el Tíbet— pagó a un detective privado para que averiguara quién era aquel lama. El Daily Mail publicó el resultado: se llamaba Cyril Henry Hoskin, era de Devon, hijo de un fontanero, y no había pisado el Tíbet en su vida. Tampoco lo habían operado de la frente.
Su explicación fue que el alma de Rampa se le había metido en el cuerpo. Siguió escribiendo hasta que murió, en 1981.
Ahora viene lo que me interesa, que no es el escándalo. Aquel libro inventado movió a cientos de miles de personas a buscar algo más allá de lo que veían. A mí me movió. Ese impulso fue real aunque el libro no lo fuera.
Pero un impulso de verdad merece fuentes de verdad. Y esa es, si lo pienso, la única moraleja que le saco a estas alturas: que lo que te despierta no tiene por qué ser lo que te sostenga después. Uno se queda con el empujón y cambia de libro.
Cuarenta y cinco años comprobando ediciones, versos y cartas vienen de ahí. De haber empezado con un fontanero de Devon disfrazado de lama.