De primera mano

Lo que he vivido y lo que he ido a comprobar. Un email al día, de lunes a viernes.

JUAN MANUEL FERRERA

10.09.2026

La cárcel

A principios de los ochenta yo era brahmacari, monje célibe, y mi trabajo era vender libros por la calle.

Una tarde estaba en una plaza de Murcia con un compañero. Paré a una señora para ofrecerle un libro, como parábamos a cientos cada día. Siguió su camino. Al rato se formó un tumulto, me cogieron por los brazos y llamaron a la policía.

La señora llevaba diez mil pesetas en el bolso. Habló conmigo, llegó a su casa y no estaban. Ató los dos cabos. Yo no le abrí el bolso ni lo toqué, pero eso ya daba igual. Diez mil pesetas entonces era dinero.

Vino la Policía Nacional. Mi compañero se acercó a explicar quiénes éramos y se lo llevaron también. En el coche empezaron los golpes, dando por hecho lo que éramos. En comisaría nos pusieron contra la pared: puñetazos en la cara, en la barriga, insultos. Nosotros decíamos que éramos monjes, que era la verdad. Ellos decían: no sois monjes, sois fariseos.

Después, al calabozo del juzgado. Pedían quince mil pesetas para soltarme y los chicos no las tenían, porque cada día se ingresaba todo lo recaudado. Así que salieron a vender libros hasta reunirlas.

El juicio quedó pendiente y yo seguí viajando por España.

Meses más tarde, durmiendo en una pensión, vino la policía a las dos o las tres de la mañana. Habían estado llamando a la granja para avisarme del juicio y allí no daban razón de mí. Búsqueda y captura. Eso significa que entras directo.

Un calabozo de comisaría no es nada. Cuando entras en una prisión provincial se te cae el montaje mental de buen ciudadano, y a partir de ahí ya no puedes decírtelo. Me quitaron todo y me tomaron las huellas. Allí a eso lo llaman tocar el piano.

Los primeros días estuve solo. No subía al patio, por razones que te puedes imaginar, pero daba igual: a la hora del patio las puertas quedan abiertas y la gente entra en tu celda. En vez de salir yo, entraban ellos.

Luego me pusieron un compañero. Acababa de entrar. Había estado seis meses fuera, y en esos seis meses había hecho doce atracos. Le caí simpático. Me llamaban el cura, o el curita.

Un día bajé al patio y pasó lo que tenía que pasar. Entonces había unos vales de cartón que se canjeaban por tabaco, comida o papel higiénico. Antes de bajar me guardé unos cuantos en los calcetines y otros en el bolsillo. Fíjate cómo se agudiza el ingenio. Nada más salir me rodearon y me invitaron a compartir. Me resistí un poco, para que no pareciera fácil. Cuando la presión subió les di los del bolsillo.

Pero lo que se me quedó de allí no es eso. Es el ruido. Las puertas de la galería al cerrarse, una detrás de otra, metal y candado, por lo menos cincuenta. Ese es el ruido con el que yo identifico el infierno. Y el recuento: cada día abren, tienes que estar de pie, dicen tu nombre y contestas.

Cada cierto tiempo me tocaba el psicólogo. Lo primero que me preguntó fue qué hacía yo allí; veía a un chico joven y sin maldad. Le empecé a explicar por qué vivía como vivía, y a la segunda o la tercera sesión las preguntas las hacía él. Acabaron siendo clases mías.

Estuve dos meses. Prisión preventiva. El juez vio que no había peligro de fuga y me soltó. Salí en diciembre, con frío, y en la puerta había dos guardias civiles con capote. Yo, jovencito, les dije hasta luego. Y uno me contestó: ¿cómo que hasta luego? No vuelvas nunca más por aquí.

Te conté hace poco que a los catorce forcé la puerta de un templo y me llevé un tambor y dos libros. Robé una vez y no me pasó nada. No robé, y pagué dos meses.

Lo que aprendí es que la verdad no te salva por ser verdad. Necesita que alguien tenga alguna razón para creerte, y yo allí no se la daba a nadie: era el que había parado a la señora. El único que preguntó fue el psicólogo, y preguntó porque le dio la gana, no porque yo tuviera con qué convencerle.

Ese es el que se enteró.

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