09.09.2026
La ambición
Querías una cosa concreta. La conseguiste. Y a los pocos días ya estabas pensando en la siguiente.
Eso no es un defecto tuyo de carácter. Es cómo está montado el mecanismo, y conviene verlo funcionar antes de juzgarse.
Yo vendí ciento treinta mil ejemplares de un libro de cocina en menos de dos años. Se hizo en imprenta. Lo que recuerdo de aquello no es la alegría. Recuerdo que la cifra dejó de significar nada muy deprisa y que lo único que me ocupaba era el libro siguiente.
El texto le pone nombre:
La modalidad de la pasión nace de deseos y anhelos ilimitados, ¡oh, hijo de Kuntī!, y debido a ello uno queda atado a las actividades fruitivas materiales.
Bhagavad-gītā 14.7. Edición de 1972.
Ilimitados. Ahí está la palabra, y no es un adorno. No dice grandes deseos, dice deseos sin límite: no existe la cifra que los cierre. Por eso el que llega no descansa. Llegar no estaba en el trato.
Y fíjate en lo segundo, que es lo que casi nadie mira: uno queda atado a la actividad, no al fracaso. Lo que ata no es perder. Es tener que volver a ganar.
Aquí esperas que te diga que renuncies a la ambición. El texto no dice eso en ningún sitio.
El trabajo que se hace como sacrificio para Viṣṇu tiene que realizarse; de lo contrario, el trabajo lo ata a uno a este mundo material. Por lo tanto, ¡oh, hijo de Kuntī!, desempeña tu deber prescrito para Su satisfacción, y de ese modo permanecerás siempre desapegado y libre del cautiverio.
Bhagavad-gītā 3.9. Edición de 1972.
Tiene que realizarse. No dice trabaja menos, ni apunta más bajo, ni conténtate. Dice que el mismo trabajo, hecho para otro, deja de atar.
A mí la ambición no se me quitó nunca. Sigo levantándome a las cuatro. Lo que cambió, y tardé décadas, fue para quién hago la cuenta.
Compruébalo tú, que es lo de siempre: la próxima vez que consigas algo, cuenta los días que pasan hasta que quieres lo siguiente. Ese número te dice más de ti que el logro.