03.09.2026
El tarot
La oficina que alquilé con catorce años tenía una mesa y dos sillas. Ahí subía la gente.
Una tarde subió una mujer de unos cuarenta años. Venía por las cartas. Se sentó, dejó el bolso en el suelo y no soltó el asa en toda la hora. Preguntó si su marido iba a volver.
Se las eché. Salió lo que sale siempre: una carta que puede querer decir una cosa y la contraria. Yo le dije que la separación no estaba cerrada del todo, pero que ella ya había empezado a organizarse por su cuenta. Se echó a llorar. No por lo primero. Por lo segundo.
Ahora te explico qué pasó ahí, que es más interesante que la carta.
Las cartas del tarot no son mágicas. Son dibujos. Dibujos muy específicos, hechos a propósito para que cada uno pueda representar varias cosas a la vez: un rasgo de carácter, un miedo, una situación, una manera de estar. Que una carta admita muchas lecturas no es un fallo del sistema. Es el sistema.
Así que el que te echa las cartas no está viendo nada ahí dentro. Interpreta. Lo que acaba sonando en la mesa es lo que esa persona cree que significa ese dibujo, dicho delante de ti.
Y aquí es donde la cosa se pone seria, porque interpretar no es inventar.
Nuestra percepción va bastante más allá de lo que registramos a simple vista. Mientras estás sentado enfrente de alguien, sin proponértelo, estás recogiendo datos: cómo viste, qué zapatos lleva, el color de la cara, la textura de la piel, la fisonomía. Si le duele algo. Subconscientemente sabes de esa persona muchísimo más de lo que serías capaz de enumerar si te lo pidieran.
El ejemplo de siempre es Sherlock Holmes. Parecía que adivinaba. No adivinaba nada: observaba. Una piedrecita metida en la suela, y de ahí a que has estado en una playa concreta, porque esa piedra solo se encuentra en esa playa. Contado después, es evidente. Contado antes, parece magia.
Eso es lo que hace el que lee las cartas, aunque él no lo sepa ni lo llame así. Los dibujos le sirven para conectar con su propio subconsciente. La carta no le está diciendo nada. Le está dando un sitio donde apoyar lo que ya había captado sin darse cuenta.
Yo no vi nada en aquella carta. Vi el asa del bolso agarrada una hora. Vi que había venido sola, a media tarde, un día laborable, y que eso quería decir que no se lo había contado a nadie.
Volví a verla al cabo de unos meses, por la calle. Ya no vivía con él.
Y lo que aprendí no fue de las cartas. Fue de ella. No había subido a que le dijeran el futuro. Había subido a que alguien le dijera en voz alta lo que ya sabía y no se atrevía a decirse sola.
Lo que acierta no es la carta. Es alguien que lleva una hora mirándote y ha visto más de lo que tú le has contado.