16.09.2026
El jefe
Tu jefe no grita. No te humilla delante de nadie. No hace nada que puedas contar luego y que suene mal.
Simplemente no hay manera de contentarle.
Entregas un trabajo y recibes media sonrisa y una lista de lo que podría estar mejor. Propones algo y lo desmonta, no porque sea malo, sino porque siempre encuentra el fallo, el riesgo, la razón para esperar.
Y aquí está lo que lo hace insoportable de verdad: casi siempre tiene razón. Ve ángulos que a ti se te han pasado. Sus críticas mejoran el trabajo.
Si estuviera equivocado sería fácil. Podrías despreciarle por dentro y seguir. Como acierta, no puedes, y sales de su despacho sintiéndote pequeño aunque lo hayas hecho bien.
Hace unas semanas hablamos del otro jefe, el que decide mal y se lleva tu mérito. Éste es lo contrario y por eso escuece distinto: éste es bueno en lo suyo.
Lo primero es separar tres cosas que llevas pegadas.
El cargo, que tiene una autoridad real y no la discutes mientras cobres ahí. La persona, que es un hombre con sus propios límites, sus presiones y sus puntos ciegos, y que no es el que decide lo que vales. Y tu trabajo, que se mide contra lo que tú sabes que está bien hecho, no contra su cara al leerlo.
Cuando las tienes separadas, su crítica se convierte en información. A veces útil, a veces no. Deja de ser una sentencia.
Y queda una cosa que controlas entera, que es cómo le hablas tú:
La austeridad del habla consiste en hablar veraz y beneficiosamente y en evitar el lenguaje que ofende. También se deben recitar los Vedas con regularidad.
Bhagavad-gītā 17.15. Edición de 1972.
Veraz, beneficioso y sin ofender. Léelo despacio, porque es más difícil de lo que parece. No dice que te calles: dice que digas la verdad sin usarla de arma. Ni el resentimiento tragado ni la puntita envenenada que te deja tan a gusto tres minutos.
Y fíjate en que lo llama austeridad. No lo vende como buenos modales, lo pone donde están el ayuno y la disciplina: cuesta, y se hace a propósito.
Eso no es ser un felpudo. Es lo único de esa habitación que no depende de él.
Queda una cosa incómoda. Del jefe imposible se aprende más que del cómodo, precisamente porque no te regala nada. Pero sólo empiezas a aprender el día que dejas de necesitar que te lo diga.