02.09.2026
Cuando te echan los tuyos
Levanté un templo desde cero en Canarias. Lo monté yo, lo llené yo, lo sostuve yo.
Y me echaron. Los de dentro. Por política, y por haber hablado de más sobre cosas que se sabían y no se decían.
Es una situación mucho más común de lo que parece, y no hace falta un templo: pasa en empresas, en familias y en cualquier sitio donde haya un grupo. Lo característico no es la injusticia. Es que viene de la gente con la que compartías lo que más te importaba.
Duele distinto que un enemigo. El enemigo confirma tu visión del mundo. El tuyo la rompe.
El texto arranca precisamente ahí: un hombre en un campo de batalla que tiene enfrente a su propia familia y a sus maestros. No es una metáfora que yo esté forzando, es literalmente la escena con la que empieza el libro. Y lo primero que hace ese hombre es admitir que no sabe qué hacer:
Ahora estoy confundido acerca de mi deber y debido a mi flaqueza he perdido toda compostura. En esta condición te pido que me digas claramente lo que es mejor para mí. Ahora soy Tu discípulo y un alma rendida a Ti. Por favor instrúyeme.
Bhagavad-gītā 2.7. Edición de 1972.
Eso es lo que a mí me valió. No la respuesta, que viene después y son setecientos versos. La pregunta.
Con toda su gente enfrente reconoce en voz alta que ha perdido la compostura y que no ve claro cuál es su deber. Nadie hace eso. Todos fingimos que sabemos lo que estamos haciendo, sobre todo cuando nos acaban de echar.
Tardé veinte años en dejar de contar esa historia como víctima. El texto ayudó. El tiempo también.