De primera mano

Lo que he vivido y lo que he ido a comprobar. Un email al día, de lunes a viernes.

JUAN MANUEL FERRERA

14.09.2026

Las consultas de astrología

Había estudiado astrología desde muy joven, así que en un momento dado decidí vivir de ello. Me compré las tablas para calcular las posiciones siderales y trabajaba sobre todo con un libro, El hombre y su estrella.

La gente me daba su fecha, su hora y su sitio de nacimiento, y yo levantaba la carta. Primero se calcula cómo estaba el cielo el día que esa persona nació. Eso no tiene misterio: es aritmética, y sale lo que sale.

Lo otro es interpretarlo, y ahí está todo el trabajo.

El hombre y su estrella tenía casi la mitad del libro dedicada a eso, y con una diferencia que me importaba: las interpretaciones no estaban adivinadas, estaban hechas al revés. En vez de decidir qué debía significar una posición, habían ido a mirar a gente real —su cuerpo, sus enfermedades, su oficio, lo que les había pasado— y habían visto con qué posiciones coincidía.

Con eso salían cartas muy detalladas. Tanto, que más de uno me preguntó si le conocía de antes, porque aparecían cosas concretas como la profesión.

Interpretar es como pintar. Tienes delante una lista de posiciones y con eso tienes que pintar una vida, una persona entera. Y no encaja limpio: un rasgo te sale una vez y el contrario te sale tres. Entonces te quedas con el que se repite. Esa es la parte difícil, y es la que se paga.

Luego quedaba con la persona, le entregaba la carta y nos sentábamos a hablarla.

Ahí aprendí lo que de verdad me quedó, y no fue del cielo.

La atención de alguien cuando le estás hablando de él es total. No he vuelto a ver nada parecido. Es su carta y es su vida, así que no se distrae, no mira el reloj y no interrumpe. Una hora entera de una persona escuchando con todo lo que tiene.

Y lo segundo: nadie venía a que le dijeran cómo iba a ser su vida. Venían a que les dijeran qué hacer con ella. Escuchaban lo que decía la carta, sí, y en cuanto acababa preguntaban lo siguiente: ¿y entonces? Querían una salida.

Así que me convertí en consejero sin haberlo buscado. Si la carta hablaba claro de desórdenes de estómago, les proponía hacerse vegetarianos o al menos comer decentemente. Si venían con una inclinación de nacimiento hacia la vida espiritual, les hablaba del Bhagavad-gītā.

Nunca me lo inventé: iba siempre de lo que decía la carta. Pero no me voy a hacer el inocente. Sabía perfectamente que estaban receptivos como no lo iban a estar en todo el año, y lo aproveché.

De aquello me quedó una cosa que no viene en ningún libro de astrología: que a la gente no la escucha nadie. Pagaban por un mapa del cielo y se iban agradecidos porque alguien les había escuchado una hora.

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